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RELATO CORTO: LA EXCEPCIÓN DE LA REGLA, por Maria Florinda Loreto Yoris. Primera parte.

Rodaba el año 2001 y poco sabía yo por qué siempre dicen que toda regla tiene su excepción. Hasta que un día hallé un regalo de la divina providencia en mi jardín, al que llamé César por sus ojos verdes, y Augusto por el mes que corría cuando lo encontré.

Aquel viernes había amanecido despejado y no hacía calor, a pesar de que escasamente tres días antes habíamos entrado en el mes de agosto. En esa época yo dormía en la habitación central de la casa, cuya ventana da al callejón del jardín. Siempre sé que faltan diez minutos para las seis de la mañana porque a esa hora comienzan a cantar los pajaritos, pero ese día me pareció escuchar un sonido adicional que no lograba reconocer. De hecho, sigo sin saber describirlo. Lo cierto es que fue tanta la insistencia que tuve que levantarme, la curiosidad no me dejó seguir durmiendo.

En plantilla de medias y todavía soñolienta, me acerqué a mi ventana con la intención de averiguar qué era aquel sonido que me había sacado de la cama, pero no pude saber de qué se trataba. Decidí bajar porque temí que pudiera ser algún animalito herido. Confiada en que era demasiado temprano como para toparme con alguien, lo único que hice fue cepillarme los dientes y descendí las escaleras, aún en pijama y sin ni siquiera peinarme.

Salté el muro que divide el garaje del jardín y me dirigí hacia el callejón que empalma con el patio de la casa. Apenas di la curva, en la segunda jardinera el sonido se intensificó. Me acerqué con cuidado y empezó a preocuparme que lo que oía parecía más bien un forcejeo, pero a pesar de introducir las manos en las macetas no encontraba nada. Entonces miré más al fondo, entre la pared y la jardinera, y noté un bulto pequeño que se confundía con la oscuridad de la tierra. Pude apreciar unas partecitas blancas y de inmediato exclamé: “¡Es un gatito recién nacido!”.

Tomé en mis manos mi hallazgo y me dispuse a saltar de nuevo el muro para volver a la planta alta de mi casa. Nunca olvido el día que encontré a César, porque cuando salté el muro me encontré en el garaje al hombre del camión del agua que había entrado gracias a que yo había dejado la reja abierta. Si… de lo más divina y con mi trofeo dentro de un puño, me acababa de encontrar de frente con aquel hombre buenmocísimo en mi territorio ¡en pijama y despeinada! Familia de actor, me comporté como si nada, le mostré mi adquisición y subí, a dejar al gato y a buscar el dinero para pagar los botellones de agua de la semana ¡Oh, divinos tiempos aquellos!

Los gatos crecen y comienzan a hacer travesuras muy pronto. En mi caso, las que dejaron ver esa realidad primero fueron las palmas que había comprado justo antes adoptarlo. César se subía a las macetas a jugar con ellas y, por supuesto, las partió todas. En verdad no puedo quejarme, solo las palmas sufrieron porque en poco tiempo él comenzó a tener una conducta peculiar y digna de un Lord, a pesar de sus orígenes desconocidos y sus manchas negras que lo delataban como mestizo.

Mientras mi gato fue cachorro lo mantuve en la terraza y se adaptó muy bien al espacio. Hasta que un día noté que no estaba allí y salí a buscarlo. Para mi sorpresa lo encontré acostado en el jardín, como el rey de la casa que era. No me preocupé y pensé “más tarde vengo a buscarlo”. Ingenuidades de juventud, no me había dado cuenta de que ya César comenzaba a ejercer la principal propiedad de su especie: la independencia. Ese día no hizo falta ir a buscarlo, él mismo regresó a las seis de la tarde ¡Y tocó la puerta!

Desde que César aprendió a bajar al jardín, noté que cumplía una especie de horario particular. En la mañana permanecía en la terraza y, a cierta hora que nunca supe precisar cuál era, saltaba al techo del patio y de ahí se iba a dormir a sus anchas en la parte delantera de la casa. Justo entre las palmas que tanto le gustaban y que por ser más grandes no las pudo destrozar. Lo primero que me llamó la atención de su comportamiento fue que salía por el patio, pero regresaba por la puerta principal ¡Y tocaba la puerta! Si por cualquier motivo yo no abría inmediatamente, entonces maullaba tres veces. Se puede decir que fue mi maestro al mostrarme nuevos códigos. La verdad es que se portaba muy bien, desde el principio me di cuenta de que era un gato especial, aunque no sospechaba siquiera de qué manera me iba a enseñar por qué toda regla tiene su excepción.

En esos tiempos vivía mi poodle blanca, la absoluta dueña de mi casa: Kitty Josefina. Me las ingenié para que nunca se topara con César y, gracias a la conducta de él y a su rutina muy bien calculada, nunca sucedió una fatalidad que empañara nuestra felicidad familiar. Mientras mi gato iba creciendo, llegaron dos perras más: Kira Alejandra y Perla Negra. Pero aquí estamos para hablar de César…

A principios de los años 2000 yo pretendía iniciarme en la jardinería, algo que siempre he hecho bastante mal pero me empeñé en llenar mi casa de plantas para darle más vida. Al principio, exceptuando el caso de las palmas, no me iba tan mal. Hasta que… empecé a notar que faltaban macetas en la terraza. Era extraño, simplemente desaparecían y, con el transcurrir de los días, comenzaron a suceder otras sustracciones sospechosas.

Juanita, mi empleada doméstica, mano derecha, nana de mis perros y uno de los seres a quienes más he amado en mi vida, me llamó un día aparte para hablar conmigo en la más estricta confidencialidad.

—Mire, hay un gato negro que le está robando la comida a César. Yo le pongo el alimento y enseguida se desaparece —me decía en tono grave y con clara expresión de preocupación.

—¿Y cómo sabes que es otro gato?

—Porque ya lo he visto, viene a la terraza y se come lo que está en el plato antes de que César lo pruebe. Es negro y gordo. ¡Claro, cómo no va a estar tan gordo si come a cada rato!

—¡Con razón la Gatarina se acaba tan rápido! Tenías que haberme dicho antes, Juanita.

—Bueno, pero se lo estoy diciendo ahora. Si César se pone flaco no será porque yo no le doy la comida, es porque el gato negro se la quita.

—Bien, quédate tranquila. Ya vamos a averiguar qué es lo que pasa y lo resolveremos, igual este gasto extra en Gatarina tengo que controlarlo.

Pasaron los días y el misterio de las macetas continuaba. Lo que sucedía era que se caían, unas hacia el techo del patio y otras hacia el lado de adentro de la terraza. Como eran plásticas no se rompían y yo me encargaba de volverlas a poner donde iban. Mientras tanto, el alimento desaparecía. Tal como me decía Juanita.

Hasta que… llegó el día del gran hallazgo.

—¡El gato, mire! ¡El gato negro está en la terraza, apúrese! —gritó Juanita desaforada desde la cocina.

Yo me encontraba en mi habitación ordenando algunas cosas y solté lo que tenía en las manos para ir de inmediato a sorprender al pillo en plena flagrancia. Al cruzar la reja del lavandero pude ver una sombra, a través de la ventana que da hacia la terraza. Era casi tres veces del tamaño de César, o al menos así me pareció, en medio del apuro y la expectativa por averiguar quién venía a robar la comida y a tumbar las macetas todos los días.

En el preciso instante que crucé la reja, vi desfilar por el filo del muro una enormidad peluda que procuraba esquivar las macetas caminando en zigzag, al mejor estilo de una modelo de pasarela. Yo me quedé petrificada admirando aquel animal porque era de un color marrón tabaco que nunca le había visto a ningún otro felino y la cola parecía más bien un plumero. En fracción de segundos sucedió lo esperado: la enorme panza hizo que cayera el matero al suelo.

—¡¿Vio?! ¡¿Vio que es el gato negro?! ¡¿Vio lo gordo que está de comerse la comida de César?!—exclamaba Juanita desde la reja que divide la cocina del lavandero, mientras yo no salía de mi asombro y terminaba de caer en cuenta de lo que había sido un misterio hasta ese momento.

—No, Juanita. Ni es gato, ni es negro, ni es gordo, ni se roba la comida. Es gata, es marrón y él la deja que coma primero ¡Es la esposa de César y está embarazada!

La gata dio un brinco y se devolvió al techo del patio, mientras nosotras nos sentamos en la cocina a pasar la impresión. Ya sabíamos lo que sucedía ¿Pero qué íbamos a hacer ahora que la familia crecía? Por un tiempo, esa pregunta no tuvo respuesta…

En la próxima publicación te traeré la segunda parte de este relato.

Muchas gracias por llegar hasta aquí y, si te ha gustado, por favor comparte esta información en tus redes.

Maria Florinda Loreto Yoris.

Twitter e Instagram: @mariafloreto

https://www.instagram.com/mariafloreto/

Facebook: Maria Florinda Loreto Yoris – Escritora

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También puedes visitarme en:

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Publicado por Maria Florinda Loreto Yoris

Publicista y Astróloga venezolana, egresada del Centro de Encuentros Astrológicos Venezolano (CEAV), dirigido por Enrico Mariani, en 1998. Especializada en Astrología Esotérica. Con más de 20 años de experiencia en el campo de la Terapia Floral, en los sistemas Bach, Mediterráneo, Alba, Caribe, Orquídeas del Amazonas y Flores de Valeriano. Autora de "Autosanación por medio de la Astrología y las Flores de Bach" Júpiter Editores 2002. Miembro de Astrólogos del Mundo desde Junio de 2009. Tarotista y Taróloga. Actualmente es Escritora Independiente.

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